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Reportages



Indios del Amazonas

Viaje hacia la comunidad Shiwiar

Indígena Shiwiar
Indígena Shiwiar, cazando con cerbatana

El territorio de los amerindios Shiwiars se esconde al sudeste del Amazonas ecuatoriano. Esta zona de bosque primario, accesible únicamente por avión, es el refugio de 750 nativos que comparten su cultura con la de los Shuars y los Achuars. El pueblo Shiwiar ha entrado en contacto con el mundo «moderno» en 1941, durante la guerra entre Ecuador y Perú. Hoy en día, frente a las presiones del gobierno y de las compañías petroleras, la población lucha por proteger sus tierras de una deforestación agresiva. Durante dos semanas, Pancho y Nelly, una joven pareja Shiwiar de la comunidad de Juyuintza, nos han acogido en su humilde morada y han compartido su vida cotidiana. Relato de una inmersión fuera de lo común.


Vuelo hacia la jungla amazónica

Aeropuerto de Puyo, provincia de Pastaza, Ecuador.

Después de dos días de espera, las condiciones meteorológicas mejoran. Desde la pista de despegue, sin embargo, el tiempo no nos inspira mucha confianza: nubes bajas, chaparrones regulares pero nos aseguran que hay una pequeña ventana en el cielo. Una oportunidad que no se puede perder. En fin. Antes de subir a nuestra pequeña avioneta, pesamos las bolsas de alimentos y los bidones de fuel que llevamos. El avión en cuestión puede llevar cinco personas y nosotros somos solo dos. Entonces, para optimizar el viaje, cargamos lo máximo posible teniendo en cuenta la balanza, porque cada kilo cuenta. Marie-Anne se instala en la parte de atrás. Atrapada en el espacio de nuestro cargamento, ella no es la imagen de la relajación. Por mi parte, tengo las rodillas aplastadas contra el cuadro de mando. Estoy sentado al lado del piloto, tres veces más grande que yo. Tiene tan solo espacio entre el respaldo de su asiento y los mandos de su aparato. Se coloca sus guantes, pone en marcha el motor y se alinea sobre la pista, preparado para el despegue. Los últimos ajustes parecen realizados, se da la aprobación por radio. Nuestro aviador hace una oración y acelera. Ya está, volamos.

La ciudad de Puyo encoje a medida que nosotros ganamos altitud. Tres minutos más tarde, nos sumergimos en una espesa nube rebosante de lluvia. El avión tiembla por todas partes, el guirigay sonoro me obliga a gritar para que Marie-Anne pueda escucharme aunque está a pocos centímetros detrás de mí. Ninguna visibilidad, el «whiteout» total. El piloto está impasible, con los ojos pegados a un ordenador de a bordo del cual no sabemos si realmente funciona. Nadie parece tranquilo y sabemos que aquí siempre se producen accidentes. Una certeza: ningún aterrizaje será posible antes de llegar al destino porque, bajo nuestros pies, hasta donde alcanza la vista, solo está el Amazonas.

Jaguar
Río Pastaza, afluente del Amazonas.

Una reserva de la biodiversidad

La inmensidad y la riqueza natural de la selva amazónica van mucho más allá de las palabras. Esta superficie cubre unos 6 millones de km² y concentra más de la mitad de la superficie mundial de bosques tropicales. En su corazón, la arteria del Amazonas y sus afluentes: más de 6000 km de ríos y aguas subterráneas. Brasil es el gran poseedor de este manto verde: cerca de dos tercios de la jungla amazónica le pertenecen. El resto está compartido entre Bolivia, Perú, Colombia, Venezuela, La Guayana Francesa, Guyana, Surinam y Ecuador, que nosotros sobrevolamos.

Dar una cifra precisa del número de especies que pueblan estas superficies boscosas sigue siendo un reto científico internacional, pero generalmente se considera que una especie de cada diez descritas hasta la fecha vive en el Amazonas. En él encontramos la mayor diversidad de plantas, más de 100 000 especies de invertebrados, 3000 de peces, 1300 de aves, más de 700 de reptiles y de anfibios y alrededor de 400 mamíferos. El uakarí calvo, el jaguar, la nutria gigante, el tapir brasileño, gallito de las rocas, el hoazín, la piraña, están entre las especies emblemáticas y endémicas de estas regiones. La cuenta todavía está lejos de alcanzarse porque una multitud de seres vivos escapan siempre a los inventarios científicos. Un informe reciente de WWF («Amazonia viva, una década de descubrimientos») da cuenta de unas 1200 especies nuevas identificadas entre 1999 y 2009: sin contar con los millones de invertebrados (entre ellos 503 arañas nuevas), hemos descubierto 637 plantas nuevas, pero también 357 peces, 216 anfibios, 55 reptiles, 16 aves y 39 mamíferos!! Nuevos dendrobates multicolores (entre ellos Ranitomeya amazonica), una anaconda de cuatro metros (Eunectes beniensis), un loro calvo (Pyrilia aurantiocephala) y un delfín boliviano de río (Inia boliviensis) son algunas de las grandes sorpresas vertebradas de estos estudios.

Los hombres del bosque

La parte más occidental de la Amazonia se encuentra en Ecuador, donde cubre más de la mitad de su superficie en todo el este del país. Esta región, llamada Oriente, es la más aislada y la menos poblada del estado ecuatoriano pero Kichwas, Shuars, Shiwiars, Huaoranis, Cofans, Secoyas, Sionas y Achuars están entre los grupos étnicos que la habitan todavía. Ellos ofrecen un valor cultural inestimable al país. Oriente no es nada comparado con la superficie forestal total de la Amazonia: representa un 2%. Sin embargo, muchas miradas se vuelven hacia esta zona, especialmente hacia el Parque Nacional de Yasuni, una Reserva de la Biosfera de 9820 km² considerada por los científicos como el lugar más rico en biodiversidad sobre la Tierra.

indigena
Mujer indígena manejando el machete durante la recolección de la yuca.

Nuestro objetivo está a una hora de vuelo, en el corazón de la selva primaria amazónica, en la frontera con Perú. Llegamos a la aldea Shiwiar de Juyuintza, una comunidad completamente aislada que comparte la misma cultura que la de los Ashuars y los Shuars. El avión es el único medio de acceso para llegar a su territorio, situado a lo largo del río Pastaza. Un encuentro con Pascual Kunchicuy, unos días antes en Puyo, es el origen de esta aventura. Nacido en Shiwiar y consciente de los peligros que pesan sobre el destino de su pueblo..., Pascual ha decidido instalarse en la ciudad para dirigir una lucha administrativa y política contra el gobierno ecuatoriano. Los Shiwiars entraron en contacto con el mundo occidental durante la guerra entre Perú y Ecuador, en 1941. Desde entonces, pocas intrusiones extranjeras les han perturbado, pero la explotación petrolera se ha vuelto tan incontrolable que amenaza al territorio de estos indios. Los territorios tradicionales de los Shiwiars han sido recientemente legalizados, haciendo de este pueblo una nación. Esto sin embargo no es suficiente para protegerlos, a ellos y a su selva, de un Estado que pretende forzar su y que venderá con mucho gusto sus tierras a una multinacional poco escrupulosa en la explotación de madera o de petróleo.

Así pues Pascual ha creado en el año 2000, en conformidad con las comunidades afectadas, la fundación «Shiwiar sin Fronteras» con el objetivo de nacionalizar el conjunto del vasto territorio Shiwiar de más de 100 000 hectáreas. En este contexto, busca desarrollar un proyecto de ecoturismo comunitario que podrá promover la cultura Shiwiar y la biodiversidad de sus tierras a nivel internacional. Antes del encuentro, nuestras ideas eran claras a este respecto. Nosotros no queríamos forzar una experiencia con indígenas no contactados, mucho menos apoyar un turismo etnológico irrespetuoso donde el indígena es prisionero de un sistema cercano a un zoo, obligado a desnudarse o fabricar una máscara de madera para satisfacer los fantasmas del turismo occidental. Pascual, después de una entrevista sincera y una larga conversación sobre los proyectos que dirige, nos propone vivir diez días con los suyos, con la esperanza de que nosotros demos eco a su lucha. Aceptamos y somos ahora parte de los primeros en vivir la aventura Shiwiar, en un contexto que respeta nuestras convicciones.

Primera inmersión en territorio Shiwiar

Cincuenta minutos de vuelo han transcurrido. Las nubes han terminado por desaparecer y el cielo se ha despejado. A nuestro alrededor, la Amazonia hasta perderse de vista. Difícil de imaginar hasta qué punto este entorno se estrecha como la piel de zapa, tanta inmensidad nos impresiona. Un poco más lejos, una zanja herbosa se separa de la selva: nuestra pista de aterrizaje. Terminamos nuestro vuelo sin dificultad, ya rodeados por los niños de la aldea, para quienes la llegada de un avión es una atracción. Somos recibidos por Pancho y Nelly, una joven pareja de veinteañeros, que ya son padres. La edad aquí no tiene gran importancia. Los niños pequeños, muy pronto autónomos, se comportan como adultos y las difíciles condiciones de vida envejecen todos los rostros. En cuanto a la esperanza de vida, sin tener datos precisos a este respecto, no es sin duda muy elevada.

Chicha
La Chicha, bebida local a base de yuca masticada que después se deja fermentar varios días.

Los Shiwiars conocen la existencia del mundo urbano. Algunos van allí ocasionalmente. Dos veces por semana, se establece un contacto por radio con las oficinas de la fundación en Puyo. Muy rápido, hacemos recuento de los objetos presentes aquí y que asociamos a nuestra vida cotidiana llamada «civilizada». Algo de ropa para la familia, unos pares de botas, reservas de agua en plástico, cepillos, calderos, algunos platos, jabón, linternas cuyas pilas faltan la mayoría de las veces. En la orilla, una barca, tallada en una sola pieza de un tronco de árbol: un motor comprado recientemente por la comunidad lo acompaña y permite realizar largos desplazamientos con cuenta gotas, según las llegadas de fuel y las posibilidades de financiación, muy variables.

Plantamos la tienda bajo una cubierta de troncos y de palmas. Cada familia construye su casa sobre este modelo. Perros, gallinas, periquitos o guacamayos azules domesticados nos rodean. Pancho es uno de los pocos que habla español. Será nuestro guía los próximos días y junto a él descubriremos la cultura Shiwiar. Desde nuestra llegada, nos acompaña a saludar a las familias vecinas. Siempre somos recibidos con un bol de tierra cocida lleno del brebaje local, la chicha. Esta bebida espesa está hecha a partir de la yuca, una planta base de su alimentación. Sus largos tubérculos son hervidos, aplastados y después se fermentan en un gran depósito antes de mezclarlos con agua del río. Observando a las mujeres mascar y después escupir la yuca triturada, aprendemos que la fermentación es iniciada por las enzimas que contiene la saliva. En resumen, esta mezcla que se deja fermentar varios días, diluida en un agua marrón y servida por manos embarradas, marca claramente la ruptura con el mundo que acabamos de dejar. Bebemos muchos litros, más por educación que por gusto. La bebida está horriblemente mala.

Con el paso del tiempo nos impregnamos de esta vida. Con las mujeres y sus nenes pequeños, sin dejar de cargar con ellos a sus espaldas, vamos a trabajar a los campos de yuca, aquí llamados «chacras». Una tarea agotadora, a fuerza de brazos, asignada a ellas. Participamos igualmente en los talleres de alfarería, alimentamos las ascuas que arden permanentemente bajo los techos, cocinamos y elaboramos la famosa chicha. Los hombres nunca hacen estas tareas cotidianas y, aquí también, experimentamos cierto machismo. Las mujeres aseguran permanentemente el servicio de la chicha a un areópago masculino, en el cual cada miembro es alineado sobre bancos y no moverá un dedo para ayudar a una pequeña niña particularmente acostumbrada a esta misión. A veces, acompañamos a los niños a la escuela en el atípico aula al aire libre y compartimos con ellos agradables baños en el río. Las escenas de vida desconcertantes a nuestros ojos se encadenan: además de las viejas damas medio desdentadas que escupen en nuestros boles de chicha, se añaden las imágenes de ese niño de doce o trece años que vuelve solo de cazar con un agutí bajo el brazo, de esa mujer que «corta el césped» alrededor de su choza a golpes de machete o de ese hombre que lucha contra una víbora barba amarilla de dos metros que se acercó demasiado a las viviendas. Pancho, por su parte, nos enseña los rudimentos de la cestería y nos acompaña en la selva para observar la fauna y la flora, cazar o pescar.

Caza, pesca y tradiciones

caza indigena
Indígena cargando su cerbatana.

Cuando sale de cacería, Pancho se viste con unos vaqueros, una camiseta y botas. En su mano derecha, un machete. Si su utilidad es obvia para despejar el camino, es sobre todo necesario para guiarse porque en el sotobosque es muy difícil orientarse. Cortando a la altura de las rodillas la vegetación a intervalos regulares, deja marcas para señalar el camino de vuelta. Pancho no da vueltas a ciegas en la jungla pero efectúa una abertura guiado por el instinto, por la cual entrará. En su mano izquierda, una cerbatana, su instrumento de caza. Una pieza de madera de tres metros hueca en su totalidad, que ha comprado por una pequeña fortuna a una comunidad peruana vecina. Alrededor del cuello, una aljaba hecha de un trozo de bambú sobre el cual se ata una calabaza vacía, rellena de fibras algodonosas. La aljaba contiene una serie de flechas talladas en troncos de palmeras. Su contera es untada con un veneno vegetal y es cortada con una ligera muesca hecha con una mandíbula de piraña: un método simple destinado a facilitar la ruptura de la flecha en el momento en el que la punta entra en las carnes del animal. La fabricación del veneno, probablemente a base de curare, se mantiene en secreto y Pancho debe cambiar a los peruanos pieles de pécaris y tortugas por unas cucharas de esta preciada mezcla.

Pancho caza lejos de la aldea, una o dos veces por semana como máximo. Cuando se adentra en el bosque, se deja guiar por el sonido de los animales que imita a la perfección. Uno de sus platos preferidos es el mono lanudo pero los Shiwiars comen todo tipo de carne, desde armadillos a pajaritos. La caza con cerbatana presenta la gran ventaja, frente a los disparos de carabina, de ser silenciosa. Antes de irnos, Pancho nos inició en esta práctica. Nuestro blanco era una raíz de yuca empalada a un metro del suelo sobre un tronco de madera. A unos metros de distancia, conseguimos clavar dos o tres flechas en el tubérculo. Pero esta vez, en el meollo de la acción, la presa está a más de veinte metros y por encima de nuestras cabezas: mantener el equilibro de la cerbatana en posición vertical y la fuerza del soplido requerida no tiene nada que ver. Pancho, discreto como un gato y con una precisión apenas creíble, siempre da en el blanco. Sus primeras presas son pájaros delgados que no le gustan: estos serán aparatos de pesca para atrapar pirañas. Pancho quiere comer mono. Después de largas horas terminará por matar dos, que irá a recuperar descalzo en lo alto de los árboles y que transportará en una mochila, construida en diez minutos con una corteza y hojas de palmeras encontradas cerca del lugar. De vuelta a la aldea, los primates fueron la alegría de toda la familia en muchas comidas. En su compañía, probamos la sopa y la barbacoa de mono. Un recuerdo mucho mejor que la chicha.

pesca indigena
Pesca tradicional a base de veneno extraído de raíces de barbasco.

La pesca también sigue siendo tradicional. Si son utilizados muchos métodos, con o sin red, uno en particular nos ha dejado huella. Se practica gracias a las raíces del «barbasco», un arbusto cultivado en la «chacra». Sus largas raíces son arrancadas de la tierra y llevadas al borde del río elegido como lugar de pesca. Sobre las orillas fangosas, son aplastadas a palos y después arrojadas al río. Un líquido viscoso, blanquecino se derrama y se disuelve en el río como un reguero de leche llevado por la corriente. Esta preparación necesita de mucho esfuerzo y la pesca en si misma se hace entre muchos: las mujeres participan también. El veneno liberado, con propiedades debilitadoras, «mata» a todos los peces del río que, como privados de oxígeno, suben a la superficie. Para Pancho y sus acompañantes, solo les queda bajar al río y recoger el fruto de su pesca. Un excelente método para aprehender la diversidad de peces de agua dulce!

El periodo de vida compartido durante diez días con los Shiwiars es, sin lugar a dudas, la experiencia más fuerte de nuestros dos años de vida en la «selva» neotropical. Nunca habíamos vivido la jungla de esta manera. Olvidando el confort, olvidando el despilfarro, olvidando las necesidades impuestas por el consumismo de nuestra sociedad. Es una vida al día, al ritmo de las dificultades cotidianas. Saber que la comunidad de Juyuintza, como muchas otras en Amazonas y en el mundo, está amenazada por nuestros abusos es muy doloroso, porque, aquí, ninguna economía predomina. Hoy en día, el orgullo de los Shiwiars para con su cultura, el rechazo del mundo moderno y el combate que dirigen Pascual y sus parientes merecen nuestra atención. Sus voces puede que no sean bastante potentes para atravesar las fronteras, así que esperamos que este relato le dé un eco suplementario...

Marie-Anne y Sylvain Lefebvre
para la asociación Exode tropical

Para más información, consulte el proyecto Ikiam
http://ikiam.info/biodiversity_fr.htm



Village indigène
Aldea de Juyuintza, al borde del río Pastaza


Yucca
Recogida de raíces de yuca, la base de la alimentación de los indígenas Shiwiars.


Récolte yucca
Transporte de la cosecha por las mujeres hasta la aldea.


Arbre géant
Árbol majestuoso de la selva primaria de la Amazonia ecuatoriana


Mujer indígena
Aljaba indígena. La extremidad venenosa de la flecha, entallada entre dos dientes de piraña,
se rompe en las carnes del animal a la primera tentativa de retirarla.


Cocina indígena
Cocina de fuego de leña después de un día de caza.


Cerámica
Cerámica hecha de arcilla recogida por las mujeres cerca del campamento.


jugos indígenas
Jóvenes indígenas jugando en el río.


indígenos
Jóvenes indígenas jugando en un árbol.


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